CUENTOS Y LEYENDAS

CUENTOS Y RELATOS CORTOS DE MI PUEBLO


                                          TODO EL MUNDO ERA FELIZ HASTA QUE…


LUIS, Administrador de Cerro Verde:
La noche era ideal para salir de cacería. Cargué mi rifle y fui por los tepezcuintes. ¡No hay carne más sabrosa! — Me dije —.  Mis compañeros de caza, se pusieron alerta y comenzaron a dar saltos y ladridos a mí alrededor.  Mi caballo, estaba listo y partimos.
 En la montaña, alumbrado por las estrellas y un pedazo de luna que se asomaba entre las nubes, un ruido llamó mi atención…, me acerqué silenciosamente y la vi, era María del Sol, enfermera y ama de llaves de la casa, quien al morir el patrón, desapareció sin dejar rastro. ¡Evidentemente ha regresado! En el pueblo la conocían como la bruja de Cerro Verde, acertada en sus hechizos y pócimas.
 Como si su voz se mezclara con un trueno, lanzaba conjuros al norte, al sur, al este y al oeste.   Hablando con alguien invisible, decía:
—Todo el mundo era feliz hasta que la hija del patrón regresó a la casa, echando a perder todo cuanto yo había conseguido.
Los cuervos me acompañaban con sus graznidos, mientras hacía mis conjuros. Los murciélagos que en la oscuridad de la noche, chupaban la sangre de los animales, revoloteaban satisfechos sobre mi cabeza. Los coyotes, a mi mando, aullaban erizando la piel de los conejos que no lograban escaparse de sus garras.   ¡Oh! Cuánto placer extraído de las sombras, pero ella me hizo decaer con su presencia.
 — Yo atendí a su madre y a su padre viudo.  Estuve a punto de convertirme en la dueña, pero al regresar ella, todo cambió. Él me ordenó cancelar nuestros planes.  Entonces, dupliqué la dosis de la pócima que utilizaba para doblegar su voluntad, pero me excedí y el viejo murió.  Su hija quedó como única heredera; ¡Ah! pero no se saldrá con la suya. Todo esto me pertenece, porque es mi propio designio.  ¡Lo juro!
—¡Vengan a mí, fuerzas del maligno!...
  Gritaba, levantando sus brazos al cielo y salían relámpagos de sus dedos larguísimos.
—¡Mostraré los poderes que los espíritus del mal me han otorgado!  Ya no habrá duda de quién gobierna al día y la noche, al viento y la tormenta. ¡Hasta las alimañas venenosas me obedecen…!
—¡Vengan hermanas de la oscuridad, que estos bosques y montañas, me pertenecen…!
—Tras el escalofriante discurso, un coro de carcajadas maléficas, enloquecidas, encontraban eco entre agujeros y recovecos.
                                                                                       ***


Manén, Dueña de Cerro Verde.
No sé qué parte de la noche corría, cuando un ruido muy fuerte, me despertó y me lanzó fuera de la cama. El viento empujó la ventana, abriéndola bruscamente, quebrando vidrios y tirando al suelo las pesadas cortinas.  Arrastraba cantidades de hojas secas, que giraban a mí alrededor, produciendo un ruido como el de una horrenda carcajada sostenida en el tiempo que duró.  Sacaba las cosas de su lugar y las lanzaba contra mi cuerpo, con fuerza.  No me dejé vencer por el pánico. Me sostuve en medio de aquel torbellino.  ¡Me resistí, sabía que tendría que acabar en algún momento! Se fue transformando en una nube densa del color de las hojas secas, y enrareciéndose después, fue escapándose por la misma ventana por la que había entrado.
 Di varios toques nerviosos a la campana que utilizaba para llamar en casos necesarios.  Abrí la puerta del frente: las rosas que había sembrado ese día en el jardín, fueron arrancadas y lanzadas contra las paredes.  Cuando llegó Luis, realmente se impresionó, se llevó las manos a la cabeza y dijo:
 — ¡No!... ¡No!... ¡No puedo creerlo! ¡Algo como esto, no puede pasar…!
Había sangre en mis ropas y temblaba.  Al regresar al cuarto para mostrarle a Luis lo ocurrido, pisé unos vidrios que se clavaron en las plantas de mis pies.
 —¡Venga patrona!   ¡Tengo que llevarla al Hospital…!
Me ayudó a sentarme y salió a llamar una ambulancia.  Decidí dejarme llevar por él… Estaba confundida, mareada y toda la piel me ardía.
Un cuervo entró haciendo mucho ruido; graznaba y abría su pico amenazante hacia mí, saltando de un lado a otro, dejando claro que lo ocurrido, era solo el principio de una lucha con la oscuridad. —Ya Lo había presentido desde que María del Sol desapareció de Cerro Verde, tras la misteriosa muerte de mi padre.
¡La Superaré y la venceré!  ¡Ve a decírselo, pajarraco!—le grite furiosa—
Como apoyando mi acción retadora, liándose con una realidad que ya no podría ser cierta, escuché un sonoro aplauso que me dio fortaleza y espantó al horrible cuervo.

                                                                                   ***

LOS GIRASOLES


                                                                                           
A María del Sol no se la conocía como persona invasiva e irrespetuosa, pero al instalarse en casa de su suegra, (viuda recientemente) comenzó a apropiarse del espacio, a tomar decisiones sobre todo lo referente a la administración doméstica, sin prestar la menor atención a los deseos de su suegra.
Como el esposo trabajaba en el transporte de carga por Centroamérica, se ausentaba de casa por semanas, lo que su mujer aprovechaba para ir tomando posesión de los bienes, que en cuanto la suegra muriese les corresponderían a ellos.

  El problema mayor se presentó cuando la suegra reclamó sus derechos y emprendieron una guerra doméstica, que acabó por echar a la anciana de su propia casa. Su salud decayó y no mucho tiempo después falleció.

Era el momento de comenzar a poner límites en el terreno ya que J. su cuñado, vivía con su familia en la propiedad colindante. Los hermanos trataron por las buenas de ponerse de acuerdo con la distribución de las tierras, pero la guerra había comenzado y las semillas de la discordia habían sido diseminadas por todo el terreno que María del Sol decidió que les correspondía.

A ella le encantaban los girasoles, desde niña le dijeron que era como ellos, y donde quiera que estaba tenía al menos una o dos plantas.

Caminaba siempre muy erguida, exponiendo su rostro al sol;  había un poco de arrogancia en sus gestos, quizás por sentirse especial en aquel pueblo  — a donde fue trasladada para  hacerse cargo de la Unidad Sanitaria—  todo eso la hacía atractiva, por lo que el marido, celoso,  le exigió que renunciara a su trabajo y se quedara en casa acompañando a su madre.

 A ella le  gustaba  tener muchos perros para el cuidado de la propiedad;  los mantenía encerrados en jaulas y por las noches los soltaba para que hicieran su función de guardas nocturnos. Además, se dedicó a sembrar girasoles por todas partes, los que rápidamente comenzaron a crecer y llegado el momento florecieron llenando de color los patios, pero a la vez, impidiendo el paso.

Era una manera muy bien calculada de retar a sus parientes que aún no habían entendido la razón de aquella siembra.   María del Sol comenzó a protestar cuando alguien caminaba entre sus plantas. Colocó un rótulo que decía: «Cuidado con los girasoles»; dos semanas más tarde puso otro que decía: «Prohibido cortar las flores», días después, puso otro: «Advertencia: perros bravos». Había planeado todo para que la línea divisoria impuesta según su arbitrio, fuera poco a poco, afirmándose hasta ser vista con naturalidad.  
    
Llegando a tal extremo, los hermanos decidieron traer a un ingeniero  para que hiciera las mediciones y colocara los mojones correspondientes. 
No obstante, María del Sol no lo permitiría y el día que el Ingeniero llego a hacer su trabajo, soltó los perros, imposibilitando su ingreso a la propiedad.

Su cuñado se llenó de cólera; tomó un cuchillo largo dentro de su cubierta y un palo para intentar espantar a los perros, que estaban furiosos y cuando uno de ellos se le tiró encima, no pudo evitar herirlo gravemente. El pobre animal, tras un aullido de dolor, cayó muerto a sus pies.

Los ladridos de los guardianes enfurecidos se silenciaron al escuchar el silbato de su dueña que les ordenaba regresar.

En ese momento, su marido llegó y ella corrió a darle las quejas de lo ocurrido, contándole que su hermano había matado a uno de los perros mientras éstos impedían el ingreso de extraños.
Su esposo se llenó de ira y fue a enfrentar a su propio hermano con un arma semejante, y en medio de los reclamos, fuera de sí los dos, levantaron los cuchillos.

 Se escucharon los gritos desesperados de una niña que suplicaba:

—¡No tío,  no lastimes a mi papa !¡ no lo hagas por favor ! ¡El no quiso matar al perro!

Luego de encontrarse los cuchillos en el aire causando un chasquido que auguraba más dolor, la niña se lanzó colocándose en medio de los dos hombres.  De pronto, cesó el fuego de la ira que les hacía arder, se miraron fijamente mientras trataban de apartar a la niña que intentaba abrazarse a su padre y a su tío. Sus miradas se apaciguaron; sus brazos bajaron hasta el suelo hundiendo los cuchillos en la carne oscura de la tierra.

Mientras la madre se llevaba a la pequeña de ocho años, ellos tomaron una decisión. Sacaron los cuchillos del suelo y juntos acabaron con la plantación de girasoles, ante la mirada llena de odio de una mujer vengativa y mal intencionada.

                                                 







SE ACABA EL TIEMPO

                                    




                                                    

Muy temprano corrí hasta los galerones de ordeño; llevaba el jarro más grande que encontré.   
Mi tío había comenzado su labor desde muy temprano. Cuando me vio llegar, me dijo:

 —¡Apúrese que se acaba el tiempo!

Regresé a la cocina con un jarro de leche desbordado por la espuma blanca, para acompañar mi desayuno; mientras tanto recordé las palabras de mi tío. ¿Qué quiso decir con eso? ¿Cómo que se acaba el tiempo? ¿Qué es el tiempo? 

Pensé que aquello era algo importante que debiera aclarar. Regresé al galerón para preguntarle a qué se refería, pero como estaba muy ocupado terminando su trabajo, me fui a buscar al viejo Mino, quien siempre tenía respuestas para todo. Cuando llegué estaba pasando el ganado de un potrero a otro, pues de esa manera dejaban reposar los pastizales mientras crecían de nuevo. También estaba ocupado, pero me dijo (sabiendo que alguna cosa le preguntaría) que a media mañana descansaría bajo los guayabos. 

Decidí esperar en la orilla de la quebrada que era uno de mis lugares favoritos. Me gustaba mirar a los pececillos de colores, a los renacuajos que se mantenían pegaditos a la orilla, ocultándose entre las piedras, al menor movimiento. Llegado el momento, fui a buscarlo y le pregunté:

 —¿Qué es el tiempo?

 Por unos momentos no habló, quizás buscando la manera más sencilla de explicarlo; lentamente como pensando, me dijo lo siguiente: 

  —Todos los días el sol sale muy temprano y hace un recorrido de este a oeste, hasta esconderse allá entre las montañas, que es cuando llega la noche.  La tierra gira sobre sí misma y a la vez alrededor del sol «creando al tiempo» que ha sido marcado con horas, minutos y segundos.

 —¿Por qué dijo mi tío que se acaba el tiempo? 

 — Lo que sucede es que todo tiene un principio y un fin. Pero siempre amanece y anochece. Ese tiempo es el que no se acaba.

 —¡Gracias Mino! nos despedimos y regresé a casa.

.
 Había entendido que yo también me acercaba a un final. No viviría más en este pueblo con mis abuelos porque tendría que ir con mi madre a la capital.

 —¿Veré el amanecer como lo veo aquí? ¿Podré contemplar las luces de la noche como puedo hacerlo desde los petatillos del comedor?


—¡No, no me iré de aquí nunca! —pensé—.

 Con esta decisión, desvié el camino a casa y comencé a bajar hasta el río. Crucé por el viejo puente de madera, para ir a la otra orilla y descansar bajo la sombra del Guanacaste. 


Me sentía desamparada y triste. El calor era intenso.

  árbol de Guanacaste
 —¿Qué haré para no irme…?


 En ese momento, uno de los peones pasaba a caballo por ahí y saludándome me dijo:


 —¡Hola Mané! ¿Qué hace por aquí? ¡Se la van a llevar los duendes!


 El siguió su camino y yo recordé lo que se decía de los duendes, que se llevaban a los niños con engaños y los perdían, pero al final siempre regresaban a sus casas, contentos y tranquilos.


 —¡Esta es la solución!... ¡Me iré con los duendes!  Asi no   tendré que ir a vivir a la capital.


 Me levanté dispuesta a buscarlos y pedirles me llevaran con ellos para ocultarme. De pronto un marañón, amarillo como el mismo sol, cayó a mis pies; miré hacia arriba un poco confundida, porque sabía bien que un Guanacaste no produce marañones, pero en cambio descubrí unas figuritas que se mecían  alegremente recostados sobre las ramas y me miraban. En un instante saltaron y se colocaron a mí alrededor. Eran los duendes; no tenía la menor duda, porque los describían en las leyendas de los niños perdidos, tal y como los estaba viendo.

 Pensé: —Ellos me ayudarán, estoy segura…!


 Como si hubiesen leído mis pensamientos, escuché que decían:


 —Sí, somos duendes, ¡no temas, nunca te haremos daño! 

Nos gusta jugar y ayudar a las niñas como tú. ¿Por qué razón has querido vernos…?

 —Quiero que me lleven con ustedes y me escondan en algún lugar seguro, donde yo no sienta miedo y tenga muchas frutas y agua, pero sobre todo, donde salga el sol todos los días.


 —¿Por qué quieres esconderte?


 —Porque tengo que irme lejos de aquí con mi madre y ya no podré vivir con mis abuelos; tendré que asistir a otra escuela, y encima de todo, tal vez ahí ni siquiera salga el sol.

 Se apartaron de mi vista, como esfumándose, y en medio de mi confusión me pareció que hablaban entre ellos aunque no podía entender lo que decían.


 —¡Síguenos, te llevaremos y te cuidaremos!




 Sin pensarlo más, fui tras ellos. Tomamos un camino cubierto de pétalos que recién caían de los árboles de Cortez Amarillo y Llama del Bosque; subimos por un sendero rocoso, volvimos a bajar y tomamos por la orilla del río. Luego continuamos por un empedrado, hasta encontrarnos frente a unas enormes rocas en cuya base, había unas pequeña puerta por donde debíamos entrar. Se volvieron sonrientes y me preguntaron:

 —¿Has cambiado de idea? —¡No! — les dije—

 —¡Hemos llegado a nuestra casa! ¡Entremos!


 El suelo estaba cubierto de una alfombra de hojitas secas y se percibía el olor fuerte de las flores del Pachuli. Unos pasos más adentro un paisaje mágico se abrió delante de nosotros. Una caída de agua fresca y pura, formaba un manantial protegido por rocas y árboles. Con un guacal de jícaro, bebimos de aquella agua y descansamos un poco. De pronto vi que los duendes ya no eran tan pequeños, y al notar mi sorpresa, me dijeron:

 — Con tu tamaño real, no hubieras podido llegar hasta aquí. ¡No temas!… cuando salgas de aquí, volverás a ser como eras antes. ¡No tengas miedo!

 Seguimos adentrándonos. Egoísta e irresponsablemente, no pensé en ningún momento en que me echarían de menos y se alarmarían en casa. Estas ideas no estaban en mi cabeza, mucho menos cuando llegamos a una pequeña caverna entre las rocas cuya entrada estaba cubierta con una piedra que se podía correr y desde donde se desprendían olores de pan recién horneado.


 — ¡El sol calienta estas piedras y dentro de ellas, es donde cocino el pan! Dijo una voz suave y cariñosa que provenía indudablemente de una abuelita, como la mía; de sus manos recibí un pan, pero yo tenía mucha sed.


Por estar cerca del horno, mi cuerpo ardía, mi garganta estaba tan seca que no podría tragarlo. Adivinaron mis deseos de hundirme en las aguas frescas del manantial, y sentí como me colocaron ahí con delicadeza.

 Abrí mis ojos y noté que los duendes eran mucho más grandes que yo, que por alguna razón continuaba encogiéndome y sentí miedo de desaparecer. Luego escuche voces a mí alrededor: 


—¡Tiene mucha fiebre, traigan al doctor!


 —Doctor: ¿puede decirme qué es lo que le sucede?


 —Aún no lo sé, tendré que hacerle unos exámenes primero, pero hay que mantener la fiebre controlada.


 Fue todo lo que escuché, pero recuerdo a una mujer sentada junto a mi cama que  no se apartó de mí. Seguramente me quedé dormida, pero cuando desperté seguía ahí mismo. Yo estaba confundida, no sabía en qué lugar estaba; los ojos me ardían, me dolía la cabeza, sentía unas punzadas intensas en las rodillas y en los tobillos. La misma voz suave y amorosa, me dijo: No te preocupes, vas a estar bien.


—¿Dónde están los duendes? — pregunté —¡Prometieron esconderme! ¿Se han ido? ¿Me han abandonado? ¡Dijeron que me cuidarían!


 Quise levantarme para ir a buscarlos, pero un terrible dolor en las rodillas, me hizo gritar. 


En ese momento, una  voz angustiada, dijo:


 —¡Está delirando! sus rodillas están inflamadas y la fiebre está subiendo de nuevo.


—¡Tranquilícese señora: Le aplicaré un tratamiento con antibióticos y le daré algo para el dolor.
                                               ***

 —Doctor: ¿Qué le pasa a mi hija? ¿Ya tiene un diagnóstico?


 —Su hija tiene mucha suerte porque pese a que la enfermedad es poco conocida, he podido diagnosticarla rápidamente. 

Soy especialista en enfermedades tropicales y hasta ahora no me había encontrado con una de ellas en esta zona. Se conoce como Fiebre Reumática, y si no se trata inmediatamente con Penicilina, puede afectar la piel, las articulaciones, el cerebro y hasta el corazón.

—¡Gracias a Dios que los peones la encontraron antes de oscurecer! No quiero pensar que hubiera sucedido en el caso contrario. 


—¡Así es señora! Habrá que tenerla bajo observación cuidadosa, durante un largo reposo de tres meses al menos; no podrá ir a la escuela, ni deberá ser sometida a ningún cambio ni esfuerzo. El tratamiento debe ser seguido al pie de la letra, porque en caso contrario la enfermedad avanzaría y… 

                                                          FIN

CUENTOS DE ORO Y DE MUERTE

                                   
Al comienzo de las vacaciones, hermanos, primos y amigos, hacíamos planes para divertirnos. Como en el pueblo se contaban historias y leyendas, escogimos una para conocerla más a fondo: La Mina de las Cuevas (que según decían, estaba maldita). Nuestro abuelo compró la Finca de las Cuevas a principios del siglo pasado y nos contó la historia como él la conocía.
Entrada a la mina principal

Al día siguiente iniciamos el largo camino por las orillas rocosas del río; bajo las ramas de los quebrachos de flores blancas, siempre visitadas por  abejas y mariposas; saltando por  el sinuoso entramado de sus raíces, que dentro del cauce retenía troncos y piedras dando forma a   pozas de aguas limpias, repletas de pececillos. Al sentir aquel sitio tan apacible y hermoso, no lográbamos imaginar que muchísimos años atrás hubiera sido devastado.

Cuando por fin llegamos, la entrada a la cueva  nos dio escalofrios, parecía amenazante como si intentara detener a intrusos. Sabíamos que  los túneles comenzaban  al fondo, en su pared más profunda, pero no estábamos seguros de querer llegar hasta ellos.


Deseábamos descansar un poco bajo sombra de los cocobolos en floración, que eran parte del proceso restaurador que desde hacía más de cincuenta años, su dueño había iniciado. Entre tanto, recordamos la historia del abuelo.

« En el siglo XIX, la fiebre del oro se apoderaba de las esperanzas de los hombres. Por curiosidad y hasta por entretenimiento, los pobladores de este pueblo agrícola y ganadero por tradición, se dedicaron a dragar el río, con tan buena suerte, que hallaron unas cuantas pepitas.  Emocionados, pensaron que dentro de la mina, habría más.  Ignoraron que la mina había sido sometida a exploración y que no había nada en ella.   Unos, siguieron la búsqueda cavando las orillas del río, otros se internaron en los túneles para abrir nuevos pasillos rompiendo a mazo y cincel las duras paredes. En carretillos, sacaban las piezas arrancadas para reducirlas a mazazos, con el fin de encontrar rastros del cuarzo que les llevaría hasta el oro. ¡Dejó de ser una aventura dominguera!… 

Cambió por un trabajo duro y sin paga. Las herramientas destinadas a labores agrícolas, las cazuelas de la cocina, las lámparas de kerosene, para alumbrarse en sus hogares, fueron convertidas en utilería minera…


Dejaron en manos de sus mujeres e hijos, la responsabilidad de obtener de la tierra lo necesario para alimentarse, porque ahora, ellos eran prósperos mineros que acabarían con la peor compañera de sus vidas: la pobreza.



Al principio, no fue difícil mantener el entusiasmo, pero sus grandes esfuerzos no fructificaban y comenzaron a sentir que estaban equivocados.  El tiempo, junto con la angustia y la obsesión, se metía entre sus cuerpos quemándoles la vida, pero tenían que seguir…, en cualquier momento, hallarían una veta en los túneles nuevos, o más pepitas en el río.

El polvo de oro que escasamente brillaba en el fondo de las cazuelas, pasaba en buena parte, a manos del intermediario, quien los convenció de que por ser extraído ilegalmente, no podía pagarles más. ¡Era poco, para tantos hombres! Las familias se sentían abandonadas, el alimento era más difícil de obtener, las herramientas se desgastaban y el kerosene empezaba a terminarse.

... Las rencillas se volvieron rutina. El cansancio y la desesperación los llenó de rabia, hasta que en un mal momento los pleitos pasaron a más acabando todo en una horrible tragedia, que quedó grabada en la conciencia de un pueblo de agricultores buenos y sencillos.»   


Comentamos la historia y quedamos en silencio convencidos de que aquellos hombres lo habían entregado todo, por nada.


Inesperadamente, uno de nuestros compañeros, confesó:


«Que en aquel tiempo, su bisabuelo era el dueño de la finca y según le contaron, hizo todo lo posible por convencer a los hombres para que siguieran trabajando, porque estaba completamente seguro de que hallarían mucho oro. ¡Prueba de ello son las pepitas!, —les decía—.  Prometió que repartiría todo en partes iguales porque no tenía dinero para contratarlos.  


Que después de la tragedia su bisabuelo pasaba las noches sin dormir; el sentimiento de culpa lo volvía loco…, escuchaba los golpes de cincel, sobre las rocas, las voces de los hombres, gritándole que todo había sido una farsa. El llanto de las mujeres, tratando de encontrar entre los muertos a los suyos.  ¡Peor castigo no pudo tener, mejor se hubiera muerto aquel mismo día!
 alrededores de los ríos  tras la explotación


Contó que una de sus peores noches de pesadilla, mortificado por el remordimiento, se internó en los túneles húmedos y oscuros de la mina.   Los gritos de los hombres que morían, permanecían vivos en su cabeza, resonando entre las rocas, liándose con los golpes de los mazos, y el chirriar de las carretillas. La locura se apoderó de él.  Horrorizado, vio los rostros de los mineros, vecinos y amigos que confiaron en sus palabras, ahora transformados por el odio y la avaricia que él mismo plantó en sus mentes
.
…Cuando lo encontraron, encogido sobre sí mismo, apenas respirando, ya no quedaba nada en su memoria. Se había liberado de las pesadillas, que quedaron ocultas y amenazantes en las entrañas de las minas Con voz emocionada, terminó diciendo que lo cierto era que desde entonces, su familia había tenido  que cargar con esas culpas.

Como dicen: ¡pueblo pequeño, infierno grande!  ¡Ustedes  lo saben!

—¡Todos quedamos en silencio por un buen rato, mientras regresábamos de nuestro primer paseo!

Intentando cerrar con todo lo que habíamos encontrado en el fondo de la historia, recordamos lo último que el abuelo nos dijo:  «Que aquellos hombres ignoraron su verdadero tesoro. La tierra fértil, capaz de producir árboles de maderas preciosas, flores y frutas, el hogar de cientos de pájaros y animales…, del río de aguas frescas y limpias que incansablemente atraviesa el pueblo, humedeciendo los pastizales, dando de beber al ganado y a nosotros mismos. ¿Qué más riqueza, podían haber deseado? Si tan solo se hubieran detenido a valorar lo que estaba frente a sus ojos.

                                                    
                                                            FIN

LOS DUENDES Y YO



                                                                             

                                 LOS DUENDES Y YO


 Los domingos, al salir de misa nos reuníamos en casa de los abuelos.   Había Intercambio de comidas, noticias y algunos chistes que nos hacían reír. Resultaba muy agradable porque la regla era pasarla  bien.  Al final de la tarde, abuelita nos contaba cuentos y viejos relatos, que a través de gestos y modulaciones de voz, nos abstraía completamente siendo así, como ver una película de esas que no volvimos a ver más, ni siquiera en la televisión.

   Ella creaba un escenario lleno de luz y color seguido de seres fantásticos para situar sus relatos que aunque tuviesen los mismos personajes, eran diferentes cada vez. Siempre recuerdo todos sus cuentos y en especial el que les voy a relatar:

« El invierno, nos dejó las montañas pintadas de azul; los montes y potreros, de un  verde que iba desde el tono más suave al más intenso; Los nances con sus ramas bajitas cargadas de frutas, esparcían su aroma agridulce, atrayendo aves y monos. ¡El mundo estaba feliz!
Me gustaba muchísimo ir temprano a dar un paseo por la cercanías.  El aire apenas tibio de la mañana   llenaba mis pulmones, mientras a lo lejos se oía el canto del arreo, sonoro y alegre, seguido de silbidos largos y cortos que anunciaban el ordeño.

Un gran Cenízaro que creció cerca de la casa, lucía sus flores rosadas como luces de bengala y colgando de una de sus ramas más bajas, una hamaca lo convertía en mi lugar favorito. Yo me impulsaba con la punta de los pies sobre la alfombra de hojas secas, sintiendo al alcanzar más altura que volaba por el cielo.
 
Un día me tocó presenciar algo muy extraño. Sé que es difícil de creer pero muy atrás en el tiempo y en el medio natural tan abundante en que vivíamos, era posible ver lo que yo vi:
    
 « Mientras me mecía, descubrí en el tronco del Cenízaro una puerta angosta que se abría… salieron tres hombrecillos vestidos con trajes tejidos con bejucos tiernos. Sobre la cabeza, cada uno tenía un gorro de pico, de diferente color: uno era verde-aguacate, otro rojo-manzana-de-agua y el tercero, oscuro-café--molido. Como calzado, llevaban caites de cuero y cabuya.  En sus rostros, había una expresión suave y tranquila, que mejoraba el aspecto de su nariz tosca y orejas enormes, que crecieron hacia arriba. Su apariencia general encajaba con todo lo que nos rodeaba, como si fuesen parte de lo mismo.

Cuando me recuperé de la impresión y habiéndolos observado cuidadosamente— pregunté:
—¿quiénes son ustedes?
Pero como si el viento los hubiera borrado, desaparecieron. De pronto escuché sus palabras dentro de mi cabeza:

 — ¡Las voces nos asustan! ¡Solo piensa lo que quieres decir!

 ¿Son duendes? —Pensé asombrada—.



 —Así nos llaman, pero la verdad es que somos el espíritu de la Madre Naturaleza.   Sus colores, sus formas y el ánimo de sus estaciones nos materializan. Nos dejamos ver cuando alguien es capaz de no sentir miedo y logramos comunicarnos con el pensamiento.

—Callaron por un momento y con mucha preocupación me dijeron:

Nuestra Tierra se enferma… Los humanos nos tienen miedo y hasta piensan que somos demonios, por lo que no podemos comunicarles que es muy importante para el bienestar de todos, reconocer la importancia que la Naturaleza tiene para el mantenimiento de la vida, que los árboles que viven cerca de ríos y quebradas, deben permanecer ahí, para que las aguas no se sequen; que no acaben con los bosques, talando árboles sin ningún criterio, y que si lo hacen, que siembren otros reponiéndolos. Que si no se detienen y analizan  los daños que hacen continuamente, la tierra se convertirá en un gran desierto.

De pronto, la voz de mi tía llamándome desde el portón  nos sobresaltó.  Ellos desaparecieron y yo corrí hasta la casa
.
…Al atardecer, mi abuelita Sofía nos contaba cuentos —Como yo lo hago ahora con ustedes—. La recuerdo sentada en la mecedora, con sus enaguas largas colgando hasta el suelo. Su voz se ajustaba a las emociones, mientras mis primos, mis hermanos y yo, echados sobre el piso, la escuchábamos atentos y curiosos.
   
Eran cuentos de animales que hablaban, brujas que paseaban en escoba por la luna, reyes y reinas, hadas, duendes y princesas… ¡Era un mundo fantástico!  —Pero yo sabía que los duendes, eran reales. Me preguntaba, si debía contarlo. ¿Me creerán?... Quizás me digan que fue un sueño, o me prohíban ir a los potreros. ¡Eso sí que no! mejor, me quedo calladita...

Al día siguiente me acerqué al árbol buscándolos, pues quería estar segura de no había sido un sueño. ¡Los encontré! Me estaban esperando para ir hasta la quebrada. Desde la orilla los miraba sorprendida por su agilidad, subiendo por el viejo bejuco que colgaba en el centro de la poza; se desprendían dejándose caer desde lo más alto; se sumergían y volvían a subir, completamente secos. Sus risas alegres, me alcanzaban, mezcladas con el canto de las aves, el ruido del agua, y mi silencio.

Sentados bajo las ramas de hojas menudas de un quebracho, me dijeron:

—¡No temas!  Sabemos que nos ayudarás llevando a otros nuestro mensaje, y es todo lo que te pedimos.
—¿Recuerdas de lo que hablamos?

—¡Sí, cada palabra!

—Con el tiempo, este mensaje será tuyo, y lo contarás a tus hijos, a tus nietos y a todos los niños que puedas. Son sensibles y lo entenderán. Diles que «La Madre Naturaleza con sus propios recursos, nos da la vida; que debemos tratarla con amor y respeto, porque así es como ella nos trata a todos los que habitamos el planeta.» 

 Esa fue la última vez que los vi.
.
 Años más tarde, vi como las aguas de los ríos intentaban abrirse campo entre enormes cantidades de desechos plásticos, llantas viejas y otros que me da pena enumerar, para desembocar en los mares.   Lo peor de todo  son los cientos de años  que tardarán en degradarse y de que, dolorosamente, la fauna marina comienza a verlos como alimento. Las playas sucias, llenas de basura, las aves del mar atravesadas con pajillas, tratando de ingerirlas… Tortugas con sus patas atrapadas por desechos. ¡Tanto daño causado por nosotros, los seres humanos! ¡Me sentí avergonzada! ¡No había hecho nada por evitarlo!

Recordé mi encuentro con los duendes. Su mensaje seguía claro en mi conciencia —jamás lo olvidé.   Lo comenté con otras personas, pero eso no fue suficiente. Sin pensarlo mucho, tome un viejo saco de manta, de los que se usaban antes, unas pinzas largas del asador y me fui para la playa.  Comencé a recoger la basura que otros habían tirado. Días después, otras personas, hacían lo mismo que yo; eso me alegró muchísimo: ¡Había hecho algo, lo que pude y debo seguir haciendo…!

Cuando salgamos al campo, al río o a la playa, llevemos un buen saco donde recoger nuestra basura y la que otros hayan tirado irresponsablemente... ¿Por qué no…?  Piensen que si todos hiciéramos lo mismo, pronto seríamos un ejemplo de limpieza para el mundo.¡Cuánto orgullo sentiremos entonces!




FIN     


los recuerdos se hacen viejos